La Montanera: la libertad que da sentido a nuestros ibéricos
Hay momentos del año que marcan la diferencia. En nuestro sector, ese instante tiene un nombre que lo explica todo: la montanera. Para quien no la ha vivido de cerca, puede parecer una tradición más dentro del ciclo del ibérico. Pero para quienes convivimos con el campo, la montanera es mucho más. Es el origen de la calidad, la base del bienestar animal y el punto de partida de cada pieza que, meses después, llega a la mesa.
Un amanecer distinto en un ecosistema único en el mundo
Quien ha pisado la dehesa al amanecer sabe que la vida allí se mueve a otra velocidad. El aire frío, el olor a hierba húmeda, el silencio profundo… todo compone una escena que transforma por completo la percepción del tiempo. A medida que la luz se filtra entre las encinas, el paisaje se despereza con una calma que solo puede ofrecer la Dehesa.
Y no es un paisaje cualquiera.
La dehesa es un ecosistema único en el mundo, presente únicamente en zonas muy concretas del suroeste peninsular: Salamanca, Extremadura, Sevilla y Huelva. Territorios donde el bosque mediterráneo, la biodiversidad y un manejo tradicional de siglos conviven en un equilibrio que no existe en ninguna otra parte del mundo.
Este entorno no se puede replicar artificialmente. Es auténtico, vivo, cambiante… y es aquí donde nuestros cerdos ibéricos viven la montanera como debe vivirse: con espacio, libertad y un contacto real con la naturaleza.
Cerdos que viven libres, tranquilos y en movimiento constante
Cuando arranca la montanera, los cerdos empiezan a recorrer la dehesa con una tranquilidad que contagia. Avanzan entre la hojarasca, buscan bellotas, descansan bajo las encinas y levantan el hocico para captar los aromas del campo.
No porque alguien los obligue, sino porque forma parte de su comportamiento natural. Caminan para buscar la bellota perfecta, para explorar, para ejercitarse. Este movimiento constante es clave para su bienestar: los mantiene activos, reduce el estrés y favorece que la infiltración de grasa se distribuya de forma uniforme.
Durante estos meses, gracias a esa actividad diaria y a la alimentación basada en bellotas y pastos naturales, los cerdos llegan a ganar cuatro arrobas, el peso necesario para completar la montanera en equilibrio.
Ese aumento no es un simple dato: es la evidencia de que han vivido en libertad y han aprovechado el campo como solo un cerdo ibérico sabe hacerlo.

La bellota: un tesoro que define el sabor
La bellota es uno de los grandes tesoros del bosque mediterráneo. Su alto contenido en ácido oleico y su sabor característico influyen directamente en el perfil sensorial del ibérico. Pero lo más importante no es solo el fruto, sino la forma en la que lo consumen.
Durante la montanera, los cerdos ibéricos seleccionan por sí solos las bellotas más maduras. Ese gesto, repetido día tras día, unido al ejercicio constante de recorrer la dehesa, genera esa grasa fina y sedosa, ese aroma profundo y esa textura melosa que distinguen a un ibérico de excelencia.
Es un proceso que la naturaleza perfecciona y que ningún otro sistema puede reproducir.
Nuestra forma de vivir la montanera
En Enrique García entendemos la montanera como un compromiso. No como un trámite ni como una etapa más del calendario. Es el momento que define la esencia del producto.
Contar con cerdos 100% Raza Ibérica nos permite vivir este proceso con autenticidad. Sabemos cómo se mueve cada cerdo, cómo evoluciona, qué zonas de la dehesa prefiere y cómo aprovecha la bellota conforme avanza la temporada. Esa cercanía nos permite respetar el ecosistema tal cual es, sin interferencias ni aceleraciones.
La montanera tiene su propio calendario. Sus propios tiempos. Y nosotros los seguimos con respeto porque sabemos que la excelencia solo nace de la naturalidad y la paciencia.
Del campo al paladar: un viaje que se nota
Quien prueba un ibérico elaborado como siempre se ha hecho lo percibe al instante. Hay kilómetros recorridos, hay bellotas seleccionadas una a una, hay aire puro y un entorno que marca el carácter del producto. Se nota en el aroma, en la suavidad de la grasa, en la jugosidad y en la elegancia del sabor final.
La montanera deja huella.
Y esa huella es lo que convierte cada pieza en una experiencia sensorial única.
Una experiencia que queremos seguir compartiendo
Para nosotros, la montanera es una lección anual: nos recuerda que sin campo no hay excelencia, que sin respeto no hay tradición y que sin naturaleza no hay futuro. Es la etapa que más nos conecta con nuestra historia y la que confirma, año tras año, que este camino merece la pena.
Cuidarla es nuestra manera de proteger lo que somos, de preservar el entorno y de garantizar que cada producto que lleva nuestro nombre mantenga la autenticidad que nos define.